200 años de un manifiesto universal: la Novena de Beethoven | El Nuevo Siglo
EN EL Kârnertorteater de Viena, una inusual cinco salvas de aplausos logró la Novena sinfonía en re menor op. 125. de Ludwig van Beethoven el día de su estreno.
Lunes, 6 de Mayo de 2024
Emilio Sanmiguel

HOY, hace 200 años, en el escenario del Kârnertorteater de Viena, un Ludwig van Beethoven de 54 años se plantó al frente de una orquesta, inusualmente numerosa, cuatro solistas y coro, para el estreno de su Novena sinfonía en re menor op. 125. Contrario a la imagen que muchos tienen de esa noche, no dirigió el estreno. De ello se encargó el maestro de capilla del teatro Michael Umlauf mientras el compositor observaba la partitura.

Ha hecho historia, sí, que al final de la interpretación el aplauso fue atronador. Quedó para la posteridad que fueron “cinco salvas de aplausos”, lo que puso en alerta a la policía: “la etiqueta y el protocolo no tienen previsto no tienen previsto más que tres salvas de aplausos para la familia imperial” dicen Jean y Brigitte Massin. La situación política estaba crispada y de mantener el orden, con medidas represivas se encargaba el temible régimen del canciller Klemens von Metternich.

El teatro estaba de bote en bote con sólo un palco vacío: el de la familia imperial.

La ovación se veía venir. Porque ya el público había interrumpido el desarrollo del segundo movimento con su aplauso. Que algo así ocurriera era usual y hasta deseable, era una especie de termómetro de cuánto la música estaba calando en la sensibilidad del auditorio.

Cuando estalló la ovación, Beethoven completamente sordo no se enteró, fue la contralto Caroline Unger quien suavemente le tomó por los hombros y lo hizo girar para que pudiera observar con sus ojos el triunfo de su nueva sinfonía.

Difícil afirmar que esa explosión de aplausos significara que el público fuera consciente de que presenciaba un acontecimiento de semejante envergadura. Quizá Beethoven sí. Íntimamente sabía con certeza que acababa de cambiar el curso de la historia. En composiciones anteriores había advertido que serían entendidas con el paso del tiempo. No se equivocó.

La ovación habría que entenderla, primero, como un homenaje al compositor más famoso que había en Viena, así su música no fuera lo suficientemente apreciada por una ciudad que, en realidad, andaba encantada con el embrujo de las óperas de Rossini.

Beethoven habría preferido que el estreno hubiera ocurrido en Inglaterra, porque fue la Sociedad Filarmónica de Londres la responsable del encargo, en 1817, por cierto, generosamente remunerado, un viaje que acarició a lo largo de toda su vida, hasta en su lecho de muerte. Murió tres años después del estreno. Imposible en 1824 por su deteriorada salud. O en Berlín donde su música era más apreciada que en la capital imperial, lo cual se corrobora en la dedicatoria a Federico Guillermo III de Prusia.

Permitió que ocurriera en Viena por fuertes presiones e ilusionado con que el concierto le reportaría buenas ganancias. No mucho después de la ovación, cuando se hicieron las cuentas, al constatar que sólo obtuvo 120 florines de ganancia: después del concierto, durante la celebración, se negó a cenar.

El 23 de mayo siguiente se programó una nueva interpretación, con el mismo programa: la Obertura de la Consagración de la casa, tres movimientos de la recientemente compuesta Missa Solemnis anunciados como Himnos, sólo que, con la esperanza de atraer más público, se añadió antes de la Novena un aria de Rossini. Vano intento. Los vieneses quedaron en evidencia, no se logró siquiera la mitad del aforo de la sala. El desastre financiero fue monumental y durante la cena, en el restaurante El hombre salvaje, cuando le sugirieron la posibilidad de recortar la sinfonía para hacerla más accesible al público y facilitar ulteriores interpretaciones, estalló en furia. No le faltó razón.

Si la Novena fue tan aplaudida la noche del estreno, hace 200 años, debería atribuirse a la osadía y novedad de incluir en el último movimiento la intervención de cuatro solistas y coro y, por supuesto, al evidente tono exaltado de la música.

ENs

El tiempo se encargó de que fuera comprendida en su verdadera dimensión.

En primer lugar, habría que aceptar que, si bien escribirla fue el resultado de dos años de trabajo, eso no significa que su gestación fuera tan breve. La Novena sinfonía es el producto de años de reflexión que, se remontan a 1792, cuando conoció el texto de Schiller, que el poeta y filósofo alemán escribió durante el segundo semestre de 1785, un texto de innegable hermosura que, en su origen era una Oda a la libertad; palabra tan ligada a la Revolución francesa que este prefirió omitirla y reemplazarla por Alegría. El poema va más allá de las palabras.  Beethoven lo entendió perfectamente y ponerlo en música fue una obsesión que lo acompañó a lo largo de toda su vida, con frecuentes intentos, muchos de los cuales, han sido detectados por los musicólogos. Finalmente lo hizo en la Novena. Fue un esfuerzo sobrehumano: las poesías de Schiller son muy difíciles para un músico: el músico debe saber elevarse por encima del poeta - ¿quién puede hacerlo con Schiller? - ¡Goethe es más fácil!, le dice a su joven discípulo Carl Czerny.

No es el caso ahondar en los asuntos puramente musicales de la más grande de sus sinfonías y seguramente de todos los tiempos.

Lo cierto es que, con el paso de los años, el mundo poco a poco empezó a entender que se trata en realidad de un viaje espiritual que, nota a nota se va construyendo a lo largo de los tres primeros movimientos hasta que resulta inevitable que la voz humana se encargue de ese estallido musical que respalda el texto del poeta.

Johannes Brahms lo entendió perfectamente en 1876 cuando citó el tema de la Novena en el movimento final de su Sinfonía nº1, gestada largamente durante más de dos décadas, lo cita sin disimulo, pero con un tono tan efusivo y cálido que deja flotando en el aire que, con humildad, ha comprendido el mensaje de Robert Schumann que le ha anunciado como el encargado de recibir la antorcha del sinfonismo alemán beethoveniano.

Se trata de un monumento. Una obra de arte. Música más allá de la música.

Tristemente ninguna de las orquestas, ni de Bogotá, ni del país, va a interpretarla esta noche. Ingratas nuestras orquestas, que gracias a la Novena sinfonía en re menor op. 125 de Ludwig van Beethoven han sido tan generosamente ovacionadas por el público.